Rafael Nadal: ni héroe ni superhéroe en la sociedad del cansancio

El 30 de enero de 2022, Rafael Nadal ganó su vigésimo primer Grand Slam y se coronó como el tenista con más trofeos de los cuatro grandes torneos de la historia en la modalidad masculina. Por si fuera poco, obtuvo la victoria tras remontar dos sets a cero a su rival: todo un despliegue de poderío físico y psicológico del que para muchos es el mejor deportista de todos los tiempos. Los medios se hicieron eco de su victoria en los días siguientes. Nadal aparecía en la prensa y en las tertulias no sólo como un héroe sino como un superhéroe. Su biógrafo llegó a describirlo como una aberración, en el sentido biológico y positivo de la palabra. Una reconocida psiquiatra aplaudió su actitud en plató y recordó que su fundación le había concedido el I Premio Resiliencia. Y Toni Nadal, su tío y entrenador, dedicó todo un artículo de opinión en El País a su extraordinaria fortaleza.

Toni Nadal, ni héroe ni superhéroe

Toni Nadal defiende una tesis que podríamos reconstruir como: «Mi sobrino creció y se fortaleció enfrentándose y venciendo, con disciplina, a la dificultad, y lo preocupante es que eso se considere excepcional hoy día». Y la defiende con argumentos emocionales, no científicos, justificados únicamente en el texto por su propia y personal visión del mundo, a excepción de una cita de autoridad a Mario Vargas Llosa. Pero, independientemente de esto, comparto sus argumentos y además los acepto como verdades universales: «un grupo creciente de población necesitado de pensar que está contribuyendo a un mundo ideal y de alardear de su gran corazón, de su excelsa corrección y de su singular simpatía», «Las nuevas generaciones necesitan en una medida cada vez más creciente que los entrenamientos sean divertidos, que las recompensas sean inmediatas y que se les aplauda el más mínimo esfuerzo».

Sin embargo, otro cantar son las paparruchas que sueltan los botarates de los medios de comunicación (o, más acertadamente, descomunicación). Esos medios que invitan a una psiquiatra y que dicen ante la creciente incidencia de la depresión en el país que, «en definitiva, lo que necesitamos es ser un poco más como Nadal». Pero… ¿realmente es Nadal una excepción? ¿Realmente se enfrenta Nadal a la adversidad?

«Resiliencia». Esa palabra tan popular en nuestros días que encandila a psicólogos, psiquiatras y gurúes de la autoayuda por igual. «Crecer en la adversidad dicen». Bien, y digo yo: «¿Es la adversidad ir perdiendo dos set a cero con un reloj de un millón de euros en la muñeca?». Para mí un ejemplo de lucha no es Nadal, es el padre que sonríe a su hija de nueve años mientras la quimio y el cáncer le devoran las entrañas. La mujer que lleva cuatro décadas limpiando váteres o el hombre que lleva desde los dieciocho trabajando en la oscuridad de la mina. La prostituta, por no decir esclava, que soporta cómo todos los días más de una decena de tíos hasta las cejas de coca la aplasta contra un colchón lleno de mierda. Ellos son ejemplos de lucha y no Nadal. O tú, que tecleas casi cincuenta horas a la semana en la oficina. O tú, que pasas de curso a pesar de vivir en una casa de cuarenta metros cuadrados y compartes habitación con tu hermano.

La psicología de Nadal queda a la altura del betún en comparación con la de los verdaderos luchadores de esta sociedad. Pero una masa tan abotargada, tan lela, tan infantilizada y tan ciega no es capaz de ver más allá. ¿Qué decir del padre o la madre que se desgañita doce horas al día por una cafetería que no es la suya sólo para que sus hijos vayan a la universidad y que ve como un héroe antes que a él o ella a un tío que pasa pelotas al otro lado de la red y que vive en una mansión y conduce ferraris?

Y habrá quien diga que no importan los trofeos ni el dinero, que Nadal, al haber alcanzado en la cúspide, sufre presión por si deja de ser el mejor. Pero a quien diga eso yo simplemente le diré que la madre que falla en el trabajo puede volver con las manos vacías a ese piso de cuarenta metros cuadrados. Que el músico que ha sudado la gota gorda para entrar en una gran orquesta está a dos malas notas de que lo sustituya uno un poco más joven y enérgico. Y para esta madre y este músico no hay un próximo torneo, ni marcas que los patrocinen, ni millones de euros acumulados en el banco o invertidos en negocios.

Quizá, si no fuera por esa droga llamada entretenimiento que denuncian Mario Vargas Llosa y Toni Nadal en sus textos y que Huxley ya vaticinó en su mundo feliz… Quizá, si no fuera por ella, no habría escrito estas palabras.

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